Días de negro. Diálogos de mármol, en extrañas citas, solo
una de las partes fija el día y la hora, la otra parte, la que habita en la
otra mitad más allá del mármol, no puede negarse al encuentro.
Tras varios intentos
infructuosos por fin logro escaparme de la oficina, las gestiones me abruman
pero necesito una tregua. Entre tantas
urgencias y problemas inaplazables tengo que hacer un paréntesis, y permitirme
una visita fugaz. Al jardín en el que están
los que ya no están. Al campo en el que
se cultivan ausencias. A la explanada en
la que dialogamos con el silencio.
Tengo mucha prisa. Y demasiados
compromisos y plazos y exigencias. Mi
vehículo circula lo más rápido posible. Me
gustaría poder acelerar todo el tiempo. Llego al fin, después de sufrir
semáforos y atascos. Pero no hay ni una
plaza de aparcamiento libre. Me obligan
a estacionar demasiado lejos. Y
caminar. Es una pérdida de tiempo,
caminar.
Me detengo un
momento. Cipreses pespunteando la línea
del horizonte. Un leve deseo de paz, y
eternidad se posa sobre mis hombros. Lo
sacudo enseguida, no puedo permitírmelo.
Los minutos se me escurren de los bolsillos, el tic-tac martillea
incesante mi cráneo. Camino a toda
velocidad.
Y al cruzar el umbral del
recinto, una visión. Guadañas oxidadas
apoyadas en un viejo muro. Y junto a
ellas una silueta, apenas perceptible.
La curiosidad me impulsa. Me
asomo a curiosear. Y la figura se hace
visible, es la encapuchada, y nos mira de reojo, a todos los visitantes,
intrusos en su propiedad. Un territorio, en vías de expansión, repleto
de invitados forzosos, almacenados en reducidas estancias en cuya portada,
solamente un nombre y un par de fechas, como si todos nuestros logros, nuestros
esfuerzos y urgencias, todo lo que construimos y lo que alcanzamos, se viera al
final reducido a un breve paréntesis en el que tan solo figuran una fecha de
inicio y una fecha de conclusión. Mi
paréntesis, al menos todavía no está cerrado.
Trato de continuar mi
camino, por el huerto de la encapuchada, tan plácido la mayor parte del tiempo
y tan ajetreado estos días. Sin embargo a ella no le afecta,
aparentemente, el bullicio. Podría
parecer, incluso, complacida, al contemplar tanta futura clientela. Intento que no se fije en mí. Todos tratamos de ignorarla, pero ella nos
mira de reojo. Es difícil esquivarla, en
aquel lugar su inquietante presencia es inevitable. Y me ha parecido sentir clavadas en mí las
cuencas de sus ojos vacíos, por un fugaz y estremecedor instante. Pero le doy la espalda y camino. No tengo tiempo de pensar en ello. En la oficina deben estar echándome de menos, tal vez no debí marcharme. Tengo tareas imprescindibles que no pueden
esperar.
Vuelve a mi mente la encapuchada,
me había parecido percibir una leve sonrisa en su rictus. Una sonrisa burlona. Miro el reloj. Tendría que haberme marchado hace tiempo. El estrés resulta casi insoportable. Piso el acelerador a fondo, y mi corazón late
como una bomba a punto de estallar. Un
dolor punzante oprime mi pecho. Me pasa
mucho últimamente. Mejor no pensar en ello.
Ha sido una visita
fugaz. Pero siento que otro día volveré. Tal vez antes de lo que imagino. Y esta vez volveré sin prisas, sin agobios,
sin ajetreos de ningún tipo. Y me
quedaré a reposar. En silencio. Con todo el tiempo del mundo por delante.
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