Hola a
todos, visitantes de este enclave íbero.
Disculpad mis modales, pero ¿podéis apartaros un poco? Ando buscando por todos los yacimientos
arqueológicos un objeto de suma importancia, una urna funeraria. ¿La tiene alguno de vosotros? ¿Y tampoco la habéis visto? Contiene cenizas en su interior. Las cenizas de un hombre, de un noble, un
Príncipe que falleció a causa de una enfermedad. Era bastante mayor, padecía diversas
dolencias graves y cualquiera de ellas pudo ser la causa de su muerte.
No, no soy
curandera, ni adivina, ni nada parecido.
Sé todo esto porque los estudiosos han analizado los restos hallados en
la urna y gracias a sus sofisticadas tecnologías han descubierto todos estos
detalles. Qué asombrosa es la ciencia
¿verdad? Es capaz de vislumbrar en el
pasado. Las personas que se dedican a la
investigación, pese a no poder ser testigos directos de los acontecimientos,
son capaces de tantear, con los ojos vendados,
en las tinieblas de la historia.
Es como si los arqueólogos tuvieran la facultad de poder asomarse al
inmenso pozo del pasado y, lanzando piedras, calcular su hondura, e
interpretando los ecos pueden llegar a imaginar las voces. Y lanzando cubos a las oscuras aguas del
pozo, en ocasiones al tirar de la cuerda descubren con alegría que han pescado,
entra las aguas del pasado, un objeto, un fragmento, un pedazo del inmenso rompecabezas de la historia.
Aunque no
tienen el don de poder percibir a los que, despojados de nuestra materia
mortal, escalamos desde las profundidades de ese pozo para compartir vuestro
espacio. Normalmente no nos dejamos ver
para no perturbar vuestra existencia.
Sin embargo algunas, las que hemos dejado cuentas pendientes en vida,
tenemos la facultad de dirigirnos a vosotros para interpelaros, para hacer
justicia, para contaros la historia de un hombre íbero de edad avanzada, que
comparte el reducido espacio de una caja metálica con las cenizas de una mujer
joven, que según los estudiosos no padecía ninguna enfermedad y por tanto no se
puede concretar a ciencia cierta la causa de su muerte.
Sin embargo,
algunos arqueólogos tienen sospechas de cómo pudo morir aquella mujer, aunque
no se aventuren a decirlo en voz alta.
El caso es que, cuando ellos hurgaron con sus piedras y sus cubos en el
pozo, fueron capaces de descubrir que la mujer y el hombre (que con toda
seguridad debían ser pareja y por eso compartían urna) fueron incinerados al
mismo tiempo.
Sé lo que
estáis pensando. Es sumamente improbable
que una joven muchacha completamente
sana fallezca el mismo día que su anciano marido, ¿verdad? Ya sé que las mujeres teníamos un papel muy
importante en nuestra vieja civilización y que no existen evidencias de
sacrificios fúnebres de esposas en la cultura íbera.
Sin embargo
a mí me gustaría mucho encontrar la arqueta funeraria, y arrojar todo su contenido, diseminándolo, en el pozo
de la historia. Porque no quiero que mis
cenizas sigan compartiendo el minúsculo espacio de la arqueta con los restos de
mi esposo, que falleció tras una enfermedad, envidiando mi juventud y mi salud. Aunque me esfuerzo, no consigo hallar
memoria alguna de cómo fue mi final. Tras la muerte de mi esposo debió suceder
algún hecho que no logro recordar, porque
después lo único que sentí fue un eterno bamboleo de húmeda negrura,
hasta que alguien desde las profundidades, elevó un cubo y descubrió una
misteriosa urna íbera llena de tristes cenizas.
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