Sabíamos que
el desenlace era inminente y sin embargo él se empeñaba en seguir latiendo tic-tac,
tic-tac, apurando sus últimos minutos con la misma concienzuda profesionalidad
que el primer día, con la misma implacable disciplina que siempre presidió sus
actos. No fue fácil el final, para él, y aunque algunos le teníamos cierto rencor por
haber sido el responsable de la pérdida de seres queridos, cuando llega el último
suspiro, es inevitable sentir cierta pena incluso de los asesinos. El genocida, el que con su tic-tac implacable
se llevó por delante a tantos y a tantas, ha llegado al final de su camino, de
su mandato. Ya no gobernará lunas y
soles, ahora reposará inerte en los libros y archivos.
Y en nuestra
memoria también. Qué ilusionados
estábamos con su llegada, hace justo un año, y cómo cambian las cosas, porque
doce meses después, sin embargo, estábamos impacientes por iniciar la cuenta
atrás de su deceso.
Se nos ha
ido el que gobernaba, implacable,
nuestro tiempo; adiós para siempre 2018,
gritaban todos los súbditos alrededor
del festivo lecho mortuorio. Y cuando
todavía no les había dado tiempo, a sus incondicionales, a secarse las lágrimas
por la triste pérdida, nos recién nacía su heredero mediante parto “in artículo
mortis”, y cuando estaba abriendo los
ojos por primera vez al mundo el recién llegado, vamos y le acribillamos a serpentinazos
y le ponemos perdido de confeti.
El rey ha
muerto, viva el rey, se escuchaba en la corte, mientras los petardos
aterrorizaban a la pobre criatura recién parida.
Su padre, el
viejo 2018 había muerto, y lo celebrábamos. Y es que algunos no echaremos de menos al que
se acaba de ir, sino que por el contrario nos alegramos de la muerte del
dictador. Que con el cruel filo de sus
días se ha llevado por delante a seres queridos. Ahora
reposa inerte, el viejo, derrocado año, en el depósito frío e inhóspito,
dispuesto a ser analizado sin piedad.
Periodistas e historiadores hacen cola para practicarle la autopsia.
Y el pobre
huérfano es responsabilidad de todos nosotros, y ahora nos toca darle cariño y
no empezar a pedirle demasiado, no debemos comenzar exigiéndole todos nuestros
deseos incumplidos y arrastrados año tras año, reinado tras reinado: aprender
inglés, ir al gimnasio, dejar de fumar, pasar más tiempo con la familia y menos
con el móvil…
No lo tiene
nada fácil el pobre heredero, el nuevo rey, coronado para seguir la tradición
con el nombre de 2019, y que pese a su
corta edad, asiste al funeral de su antecesor con aire culpable. Alguien le ha contado que su nacimiento
indirectamente ha causado la muerte de su padre. Todos tratamos de consolar su
pesadumbre. “No te atormentes” le
decimos, “2018 también provocó el final de su antecesor”. Él nos mira sorprendido y no tenemos más
remedio que desvelarle la terrible verdad: “perteneces a una dinastía cruel”,
“Los años no perdonan, recuérdalo”. Y él nos mira con sus grandes e inocentes
ojos, mientras se aleja al ritmo implacable de su tic-tac, tic-tac, camino de
su trono de arena y de su destino. Y es
que el drama shakesperiano se renovará, y el joven y todopoderoso 2019, a quien
todos rendimos ahora entusiasta pleitesía, inevitablemente cumplirá en doce
meses el destino que los astrólogos todavía le ocultan, aunque ya han sido
capaces de descifrarlo porque está
escrito en las estrellas y en los calendarios.
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