El carnaval
se marchó pero la máscara de la huesuda empuñando la guadaña se ha empeñado en
visitarnos. Pero no iba de paisana la
encapuchada buscando postrera jarana carnavalera, no. Su visita era burocrática y de carácter
oficial y traía impreso por triplicado para llevarse consigo a la Pepa.
Y la huesuda
no atiende a razones, ni escucha ruegos, por lo que tuvimos que verla alejarse
con su presa mientras los ecos de las satíricas coplas de las chirigotas se
mezclaban con nuestros lamentos.
Es la
vida. Es la muerte. Viva la Pepa.
Aunque se nos muera. Es ley de
vida, todos lo sabemos. Pero las leyes a
menudo son tan crueles, que los que
estamos bajo su arbitrio, no podemos evitar apretar los puños y ahogar entre
dientes una maldición. Es ley de vida,
es verdad, y hay que acatarla, pero ¿dónde
está el tribunal en el que interponer expediente de tristeza, recurso de aflicción?
La Pepa es
una mujer única (como tantas otras), que creció en Villacarrillo, cuando la
guerra mordía. Eran los años en los que
el menú de casi todos incluía una ración de escasez con guarnición de hambre. Eran los tiempos en los que las maletas conducían
a las familias, por las vías de la ilusión, en busca de un porvenir.
Y no tardó
en venir el porvenir, y aquella familia
tan especial, tan única (como tantas otras),
se agarró a él, con fuerza, tratando de no descarrilar en los baches.
Y ella, en
compañía de un hombre único (como tantos otros)
de risa atronadora y carácter dulce, recorrió calendarios sin tregua ni
descanso, hasta que de pronto un verano la guadañera se encaprichó de la risa
del mencionado, y se lo adjudicó sin acuse de recibo. Pero La Pepa, acostumbrada a acarrear
congojas en la mochila, siguió campo a
través con los achaques a cuestas, hasta
que le cerró el paso la del disfraz negro.
Quién iba a
pensar, con la de febreros que ella había domado, que el más breve de los meses
iba a poder con una mujer tan fuerte.
Se nos van
las personas a las que queremos y se nos han quedado atascados, en la carpeta
que nunca abrimos, cientos de borradores
de abrazos que querríamos haberles hecho llegar, de algún modo.
Y solo nos
consuela escribir unas palabras en un papel, tratando de reducir a letras el
código del cariño, tratando de traducir a
palabras el imposible idioma de la pena, tratando de trazar en un mapa la extensa geografía de la gratitud.
Aunque no será
fácil hacérselas llegar, que las cartas
y los paquetes postales en esos territorios tienen difícil franqueo. Además, ella apenas leía, tuvo la mala
suerte de ser una niña de la posguerra española sin acceso a las escuela, por
su época y por sus circunstancias se vio obligada a memorizar el alfabeto del
sacrificio, y con esa gramática tuvo que
redactar y escribir toda su vida.
Sé que es
ley de vida, y que a todos nos llegará algún día la citación del juzgado, pero
hay algo injusto en la muerte de las madres.
No es lógico que a ellas, que son
capaces de crear vida, que en su vientre milagroso dan a luz y encienden la
vida de los otros, sin embargo no les
esté permitido utilizar algún destello de
esa magia cuando su organismo se está apagando.
Piedra,
arrópala con suavidad como ella nos envolvía cuando éramos niños.
Adiós
Pepa. Adiós mamá. Te quiero.
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