Os saludo
vecinos. ¿Sabéis quién soy? Mi nombres es Hasday Ben Ibn Shaprut. Me recordáis
¿verdad? ¿Ah, no? Pues historiadores y novelistas de diversos
países han narrado mi vida; ellos os contarán la historia del erudito capaz de
atesorar el saber que cabía en varias lenguas, del sabio que descubrió antídotos
contra malignos venenos, del médico que consiguió curar a reyes, del
diplomático que evitó tensiones con los enemigos de Al Andalus, del poderoso
consejero que llegó a ser uno los
personajes más influyentes de la corte
andalusí y del mundo entero.
Y debéis
saber que mi origen está en la vieja Yayyán. Por eso estoy de nuevo con vosotros,
porque algunos me habéis evocado aquí en
mi ciudad natal. Y ahora paseo por estas
calles en las que habité durante mis primeros años de vida. Y aunque todo está muy cambiado, el cielo sigue ahí, inalterado, el mismo cielo
en el que dibujaba mis sueños. Y permanece, idéntica, la silueta de los montes
que rodean la ciudad. Y también se
mantienen intactas las cuestas, las reconozco, los edificios se han
transformado pero las cuestas son las mismas.
El tiempo destructor no ha sido capaz de socavar las inolvidables
cuestas de la vieja judería que ahora, al ascenderlas tantos siglos después,
parecieran capaces de conducirme a aquella sinagoga fundada por mi padre, a la
que tantas veces acudí, o a la yeshivá en la que me inicié en el aprendizaje de
la Torá y del Talmud, o a los baños de la judería, por cuyas cañerías, que ahora yacen olvidadas
bajo tierra, todavía discurre a veces un hilillo de agua procedente del raudal
de la Magdalena. Y caminando descubro
con sorpresa que ha desaparecido la gran mezquita, y que en el lugar en el que
se levantaba aquella mole indestructible, ahora hay un templo no menos imponente,
al que llamáis catedral. Qué empeño de
enfrentar a los dioses unos contra otros, como si derribando unos muros y
colocando otros en su lugar, se pudiera desalojar al dios ajeno, para darle
cobijo de ese modo a la divinidad propia.
Y al
culminar mi vieja y familiar cuesta, me complace descubrir que arriba, en la
cima del cerro permanece la vieja
alcazaba, que ahora es de un tamaño
mayor aunque ya no esté abrazando la muralla que antaño defendía la medina de
nuestra hermosa Yayyan, ese mismo cuerpo urbano que vestido con otras calles
ahora os empeñáis en llamar Jaén.
Me complace
que vuestra curiosidad os haya conducido hasta mí, hasta los deshilvanados
hilos de memoria que constituyen mi recuerdo, y el de mis coetáneos los
miembros de la comunidad judía de Yayyan, que un día subieron estas cuestas tan cargados de vida e
ilusiones, que pareciera imposible que
llegaran a desaparecer. Igual que
los sólidos edificios de esta judería que eran tan compactos y tenían unos
cimientos tan hondos, que no podíamos imaginar que el huracán del tiempo llegaría
a tumbar sus sólidas estructuras. Pero debéis
saber que las voces de mis vecinos sonaron tantas veces por estas estrechas
callejuelas que sus ecos, desde la lejanía de los siglos, todavía permanecen vibrando
en el aire, como un inaudible murmullo, que vosotros habéis sido capaces de
amplificar, al invocar nuestra memoria, en estas calles que todavía son un poco
nuestras, de mis vecinos judíos de la vieja Yayyan, tan presentes desde el
pasado, que si acercáis la oreja a
nuestras huellas podréis escuchar el eco de nuestros pasos, milenarios,
recorriendo incansables las cuestas de
Jaén.
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