Llevo mucho
tiempo dándole vueltas a mi problema. No
deseo herir susceptibilidades. Sin
embargo, las circunstancias me obligan a hacer pública mi ignominiosa dolencia. Imaginen mi foto con una pequeña franja oscura
cubriendo mis ojos para preservar el anonimato, y una leyenda a pié de página
con el texto: ¡Ayúdenme, padezco banderofobia! Puede parecer un asunto banal o un mal menor,
pero es muy molesto, sobre todo en
épocas de exaltaciones patrióticas como la que estamos viviendo. No sé si existen más casos como el mío. Mi problema es que sufro un pánico
invencible hacia las banderas. Prometo
hacérmelo mirar. Pero hace años que sufro en silencio este problema, para mi
vergüenza. Al principio era solamente
una leve indisposición en determinadas fechas señaladas: el 18 de julio en mis
primeros años de vida; más tarde el 12 de octubre y el 28 de febrero. Sin embargo,
paso a paso, mi aversión hacia
los trapos simbólicos ha ido escalando peldaños en mi maltratada psique. Tras
una infancia huyendo de yugos y flechas y bicolores adornadas con aguilucho,
pase mi adolescencia a la sombra de hoces y martillos, y luego fui gobernado
por enseñas que representaban en su interior anagramas de gaviotas y rosas; y en los últimos años, banderas anaranjadas y
moradas reclaman también mi voto. Parece
ser que todos los partidos necesitan sintetizar la supuesta complejidad de su
discurso en un dibujo o en unos colores más o menos atractivos. Pero no es solamente un asunto de partidos
políticos. El pacifismo de bandera
blanca y el ecologismo de insignia verde fueron los siguientes pasos de mi
calvario ideológico. Y lamentablemente
la cosa fue a más cuando me enteré que en determinados países sus atributos
nacionales están protegidos con extremo rigor por su sistema penal, de modo
que unos turistas españoles fueron
encarcelados en Letonia por llevarse una bandera, delito por el que en Corea
del Norte pueden llegar a condenarte a largos años de trabajos forzados. Todas estas noticias no han hecho sino
incrementar mi dolencia. Y me temo que
la cosa va a más. De un tiempo a esta
parte no puedo disfrutar de mi afición favorita, el fútbol, porque me da grima
ver al juez de línea correteando por las bandas ondeando su banderín. Sé que parece exagerado, pero se trata de
un problema muy serio, porque en verano, más de una vez he estado a punto de
ahogarme en las embravecidas aguas, porque
no he sido capaz de mirar, frente a frente,
la bandera roja de la playa.
Necesito ayuda urgentemente. Y es
que lo mío es últimamente insostenible ante el crispado panorama territorial de
nuestro país en el que llevan la iniciativa los seguidores de telas capaces de
lograr el fervor fanático de las multitudes.
Es un panorama de mástiles sujetando rencores. Todo ello presidido por el reduccionismo que
simboliza en barras o estrellas el catálogo de agravios. Ignorando que no hay pensamientos complejos
capaces de encerrarse en un trapo enhiesto.
Líneas rectas que impiden los giros de un discurso. Filosofía de trapo. Activismo de balcón. Es el destino de las ideas encarceladas en
barrotes de colores. La geometría
patriótica que reduce la variedad del pensamiento humano de un territorio a un
simplista diseño cromático. Por favor
necesito ayuda. ¡Padezco banderofobia!
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