He vuelto a soñar con Baeza. Con
su campo y también con sus calles. Soy
Antonio Machado. Poeta. Una de esas personas cuya materia prima son
las letras, y que trata de recrear sentimientos con sus versos, con sus
frases. Elegir palabras, ordenarlas, esa
era mi dedicación. Como un extraño
alquimista que sumerge las letras recién recolectadas en un recipiente que
remueve y cuece, hasta que los distintos significados se han mezclado formando
un brebaje armónico, que ingerido, roza, acaricia, estremece, los sentidos del lector, del oyente.
Como os decía, he vuelto a soñar con Baeza, y en mi sueño, caminando, iba
hasta el Instituto de Bachillerato en el
que impartí clases durante largos años.
En mi vieja aula, todo estaba igual, pero a la vez, todo era muy
diferente. No había alumnos, sino
visitantes, y alguien les hablaba de mí a los turistas.
Comenzaba contándoles que fui un profesor de instituto al que habían
destinado a Soria y que en aquella ciudad castellana me enamoré de Leonor, ella
era casi una niña, tenía 14 años, mientras que yo podría, por edad, haber sido
su padre. Sin embargo su familia accedió
a la boda y meses después nos casamos. Y
como me concedieron una beca en París, nos fuimos a vivir a la capital del
amor. La nuestra era una historia de
alegrías y mieles, hasta que Leonor enfermó súbitamente de tuberculosis y
tuvimos que volver a Soria. Y poco
después mi mujer murió, con apenas 18 años.
Huyendo de los recuerdos, solicité mi traslado a Baeza. Pero la tristeza vino conmigo, como un
fantasma oculto, agazapado en el doble fondo de los baúles del alma.
He vuelto a soñar con Baeza, y con aquellos días en los que tomé la
decisión de irme a vivir allí. Tiempo
después llegué a confesarle a Juan Ramón Jiménez, que había barajado, incluso,
la idea del suicidio. Pero finalmente
decidí arrastrar mi herida por estas tierras giennenses. Amueblé de soledad las largas tardes baezanas. Con mis primeros “Campos de Castilla” recién
cultivados, la melancolía engendró mis
nuevos poemas durante los siete años en
los que deambulé por estos caminos, trazando estelas efímeras en el mar de
olivos.
He vuelto a soñar con Baeza, y con las clases de lengua francesa que
impartía en aquel viejo y noble instituto.
Mientras, en Europa atronaba la
guerra. Yo en Baeza, trataba de
enseñar palabras en francés, sin embargo
en aquellos años, en Francia las balas y
las bombas eran el lenguaje de los patriotas,
en pleno fragor de la Gran Guerra.
Las conjugaciones francesas colisionaban contra las declinaciones
alemanas y los caracteres cirílicos rusos y el alfabeto turco y la lengua
inglesa y la italiana, no eran capaces de entablar un diálogo más allá de los
ultimatums y de las amenazas. Estaba
enseñándoles a los jóvenes de Baeza una
lengua herida por las dentelladas del conflicto que asolaba Europa.
He vuelto a soñar con Baeza y con su campo. Yo era un caminante, y en mi ruta no estaba Jaén, ni Baeza, pero andando, el
camino me llevó a recorrer estas tierras.
Han pasado ya cien años del destierro baezano. Sin embargo, una y otra vez, vuelvo a soñar con aquellos
melancólicos días, e interminables caminos de piedras, de esplendor, de polvo,
de serenidad, porque tal y como dejé escrito:
“Campo de Baeza, soñaré contigo cuando no te vea”.
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