Jaén se transforma en verano, experimenta uno de sus
habituales cambios y se disfraza un poco de desierto.
Los sufridos mercaderes languidecen en los zocos, confiados
al vigor de los aires enjaulados, mientras las cansadas tribus vagan
desorientadas bajo el tórrido sol hasta refugiarse en providenciales oasis con
forma de piscinas, y césped y sombrillas a modo de palmeras.
Es un exótico desierto, Jaén, en verano, y los que pueden se
unen a las rutas de caravanas nómadas que sin detenerse a conocernos atraviesan
nuestras dunas en busca del mar.
Y es que hasta la historia se deroga, víctima de la poderosa
acción de las radiaciones solares y como consecuencia de esta reescritura de
nuestras crónicas, los que pasean por la Plaza de las Batallas pueden contemplar, como en el monumento
central, campean imponentes las estatuas de los victoriosos almohades de las
Navas de Tolosa poniendo en fuga a las derrotadas huestes cristianas; y en las
madrasas los escolares repasan somnolientos el fracaso de Fernando III y de
todos sus sucesores que jamás pudieron culminar la fallida Reconquista.
Jaén es arábica en agosto, pero sus inmensos yacimientos
oleícolas no bastan para levantar réplicas urbanas de los palacios de las mil y
una noches, como sucede en los desiertos en los que el oro negro prevalece
sobre el oro amarillo, en un mundo en el que alimentar motores importa más que
alimentar personas.
Y las danzarinas y los encantadores de serpientes y los
narradores de cuentos se refugian en la soledad de su arte, pues no hallan
alfombras ni jaimas en las que encandilar con sus hipnóticas maravillas a los
supervivientes del sopor.
Y hay espejismos, también en nuestro pequeño y modesto pero
homologado desierto jaenés. Los cansados
ojos de los audaces que emprenden la travesía del desierto a veces han creído
ver impecables ciudades sanitarias, eficaces conexiones de alta velocidad y
hasta imponentes y veloces tranvías con rostro de dragón.
Y más allá de las milenarias paredes encaladas de la medina,
los pétreos muros del Alcázar, junto con la mole de la imponente y gigantesca
media luna de piedra, se alzan convirtiéndose en luz y guía de los habitantes
de las arenas, presidiendo desde lo alto del cerro las noches de la ciudad.
Y es que es duro soportar tan elevadas temperaturas, pero es
hermoso también habitar el desierto de
Jaén y contemplar, en compañía de sus hospitalarios beduinos, la silueta de la
atalaya compartiendo un té helado bajo el inmenso manto estrellado. Al fin y al cabo nuestro cristalino desierto
se transfigurará en unos días, en un páramo glacial o en una húmeda estepa y sin duda, echaremos de menos entonces, la
estival caricia de los granos de arena en nuestras pieles.
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