En los últimos días muchísima gente ha arremetido contra los “cómicos”, que se portaron bastante mal durante la pasada
Gala de los Goya, y pronto será la ceremonia de los Premios Max e imagino que
tendremos “max” de lo mismo. Traviesas
gentes, estas de la farándula, que un siglo sí y otro también, se erigen en
azote de poderosos, conciencia de sociedades y martillo de inquisidores. Y perseveran tozudos, a pesar de que a lo largo del tiempo se han
probado contra ellos toda suerte de escarmientos, (no enterrarles en suelo
cristiano, estigmatizar su oficio, censurar sus creaciones). Y es
que estas gentes, ya se sabe, no respetan a nuestros insignes políticos. Les das un micro y un público y se creen los
reyes del mambo y se ponen a decir inconveniencias (me refiero a los artistas, evidentemente
los políticos se caracterizan por desarrollar siempre un discurso constructivo y exquisitamente ponderado). Uno de los métodos más eficaces para meter en
cintura a este gremio, a lo largo del tiempo ha sido privarles del sustento, dado que estas personas no se alimentan
únicamente de letras y fabulaciones, como sería menester. Y es tremendo, como subrayan no pocas voces autorizadas de nuestra
sociedad, que se quejen de no recibir ayudas a su trabajo (en una sociedad como la
nuestra en la que obviamente casi ningún sector productivo es objeto de ayudas).
Y ha tenido que ser un ministro de Jaén, de mi tierra, el que les ponga los
puntos sobre las íes a los comediantes, porque unos cuantos parece ser que tributan en otros países, y
está muy bien que se sepa de dónde procede el origen del fraude en un país en
el que no conocíamos el menor asomo de corrupción ni de mangoneo financiero
alguno, hasta que se supo que todo era culpa de los artistas, que están
provocando la merma de nuestros pobres bancos, y encima quieren ayudas
públicas, qué descaro (me refiero a los de la cultura, no a los bancos, que
estos sí que son merecedores de una adecuada protección pública. Evidentemente).
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