jueves, 5 de noviembre de 2015

EL PECADO DE LA CARNE. Noviembre 2015.


En nuestra ración diaria de información, estos últimos días hemos conocido una amarga noticia que no tiene desperdicio.  La Organización Mundial de la Salud (O.M.S.) ha corroborado lo que  antaño,  ya nos anunciaban los viejos sermones de los más integristas predicadores:  “La carne es pecado”.
Una ristra de exhaustivas pesquisas realizadas a las sospechosas, han dado un resultado difícil de digerir: las carnes han sido procesadas por rojas y peligrosas. 
Las implicaciones de este asunto  van de boca en boca, y son la comidilla de todos durante estos  días.  Sin embargo, algunos no se tragan las supuestas insalubridades carnívoras, y piensan que algo podrido se esconde tras estas acusaciones.  Sospechan, incluso,  que esta decisión pudiera estar condicionada por influencias interesadas  de poderosos grupos económicos.  A pesar de todo, no me imagino en el tira y afloja de presiones e intereses, a las asociaciones vegetarianas y a los defensores de los derechos animales, poniendo más carne en el asador, que las grandes multinacionales de comida rápida.
Consuela saber al menos, que la noticia no aumentará la precariedad de las poblaciones de algunos países, en los que impera la desnutrición y el déficit de proteínas.

Y en nuestro entorno, pese a ser una noticia  de difícil digestión, tenemos que irla asimilando, poco a poco.   Y registrar una nueva incorporación a la cada vez más abultada lista de los placeres culpables.  Y tal vez ocultar nuestras piezas de charcutería fina en secretos rincones de nuestra más furtiva intimidad, lejos del escrutinio de los agentes de la O.M.S., para evitar las penitencias impuestas por nuestro severo dietista.  Y si la cosa va a más, tal vez en un futuro, nos veamos obligados  a visitar, babeando, los catálogos de charcutería en las webs de contenidos para adultos, o a exhibir nuestro d.n.i. a la hora de adquirir la merienda en el super, para atestiguar que somos mayores de edad y por lo tanto jurídicamente hábiles para castigar nuestro cuerpo con las sustancias pecaminosas que nos vengan en gana.  Porque, debemos admitirlo, a ciertas edades, la carne es débil.