A veces sorprendo a
mis libros (de papel) inquietos frente al ordenador. Cuando me acerco a
ellos descubro ásperas sus páginas, un poco erizado su lomo y su portada más
lívida de lo normal. Al descubrirme disimulan, pero cuando rastreo el historial de mi
ordenador, compruebo que han estado escudriñando mi biblioteca virtual.
Debe ser extraño, para ellos, tan tridimensionales, toparse con sus gemelos
digitales, tan fríos, tan sin tinta en las venas.